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Creo que nadie discute la importancia de favorecer la autonomía de nuestros hijos estudiantes desde las casas, así como tratar de inculcarles que han de ser responsables de sus propias obligaciones, pero ¿cómo se hace?.

Queremos que nuestros hijos estudien bien, trabajen bien y consiguientemente tengan buenos resultados académicos, y en muchas ocasiones nos limitamos a decirles “estudia” o “haz las tareas” y hasta ahí llega nuestra intervención, pero ¿es suficiente?.

Por el contrario, estar encima de sus trabajos: de que han hecho las tareas, cómo las han hecho, o preguntarles el tema de próximos exámenes de cabo a rabo, no parece ser tampoco una actitud muy útil para nadie, a los estudiantes les hacemos dependientes y los padres vemos eliminado un tiempo libre muy cotizado.

Estas son preguntas que todos los padres nos hacemos alguna vez en mayor o menor medida.

Un niño estudiando, no es un adulto. Tiene que aprender a hacerlo solo.

Cuando un padre dice que su hijo/a es buen estudiante, le suelo pedir que defina que es para él “ser buen estudiante” y las respuestas son: saca buenas notas y no tengo que estar encima diciéndole qué hacer. Siempre la misma respuesta y en éste orden.

Lo cierto es que lograr éste propósito de manera natural, es decir, que esto suceda por sí solo, es relativamente poco frecuente, ya que suele ser más habitual la queja de esos padres que dicen que han de estar encima para: que se pongan a estudiar a “la hora”; que hagan tareas y que las hagan “bien”, que se programen el trabajo día a día, que no pierdan el tiempo…

Y lo que pone a prueba la paciencia de estos, es que, estas retahílas deben repetirlas todos los días, lo que nos lleva a preguntarnos, ¿hasta cuándo?.

Y la repuesta es, hasta cuando sea necesario, pero la verdad es que es necesario y debemos estar ahí presentes repitiéndolo una y otra vez.

En mi opinión ésta es la tarea de los padres y aunque parezca poco importante, o que no tiene trascendencia a juzgar por las veces que hay que repetirlo, es justo todo lo contrario.

Cuando no lo hacen por si solos de buen grado, no hay que dejar de insistir hasta que lo hagan, o de lo contrario habremos perdido la batalla del tesón y no habrá ganado nadie, pues ellos tampoco sabrán hacerlo solos.

Cuando comenzaron a andar, hubiéramos deseado que un buen día se irguieran y salieran caminando, antes que tener que estar todo el día “de riñones” tras ellos. En esas circunstancias todos entendimos que era lo que tocada, ¿por qué pensamos que ahora iba a ser distinto sobre el modo de asumir sus responsabilidades?

Ser autónomos y responsables también ha de aprenderse y forma parte de un proceso.

Como el caminar, unos lo aprenden antes que otros, y para unos es menos traumático, pues se golpean y caen menos. Pero así como no se nos ocurría enfadarnos entonces, ¿por qué hacerlo ahora?, ¿por qué tengamos que decirlo muchas veces?

De manera que, ante el hecho de evitar tener que estar encima de los chicos repitiendo siempre las mismas cosas, y seguramente por creer que esto puede favorecer la autonomía y responsabilidad, se puede dar la conducta de algunos padres que dejan completamente solos a sus hijos con simples instrucciones del estilo: lo que hagas será para ti, tanto lo bueno como lo malo….; o es cosa tuya, si quieres hacer bien y sino…tú mismo/a, comprobarás con el tiempo que te equivocaste…

Esto tampoco funciona, ya que les estamos dando una responsabilidad excesiva que no saben manejar.

Cuando un padre/madre le dice a su hijo “eso no se hace”, no podemos pretender que ya deje de hacerlo. Lo volverá a repetir aún muchas veces, sobre todo si eso que pretende evitar o conseguir le proporciona alguna ventaja, placer, curiosidad…

Así como pasaba cuando evitábamos que nuestros bebés se metieran algo brillante en la boca que era peligroso, así tendremos que volver a decir NO ante aquello que ellos consideren que está bien o no está del todo mal, pero nosotros sabemos que si está mal.

La mayoría no querrán hacer deberes ni estudiar de buen grado, sin resistencias ni disputa, como nosotros no queremos ir a trabajar y levantarnos muy temprano, pero poco a poco lo irán aprendiendo a base de que los padres se lo repitamos, pues somos su único “contrapunto”, como el jefe y la paga mensual lo es para nosotros, impulsándonos firmemente fuera de nuestra cómoda cama cada mañana.

Lo esencial es encontrar la medida.

Aún a riesgos de ser “pesados” vale la pena repetirles qué se espera de ellos (que se organicen y se pongan a su hora, que no pierdan el tiempo, que sean serios con lo que se responsabilizan y no cedan ante la mínima tentación…), pues llegará un momento que será un hábito para ellos y lo habrán logrado gracias a que aquellos que bien les quieren, les enseñaron lo que debían hacer.

Pero además piénsalo bien, ¿no has de hacerlo con otras cosas, de tipo: recoge tu habitación, tu ropa, la mesa, haz tu cama…?, pasa con casi todo. Vamos enseñándoles a hacerse responsables a medida que van asumiendo tareas, y en todas debemos insistir pues no es fácil dejar la comodidad del “me lo hacen todo” y pasar al “me toca ir haciendo cosas a mí”, y sin embargo, es esencial para ellos comprendan que cuando sean mayores serán los que se tengan que ocupar de todo lo que les concierne.

No es necesario recurrir a los gritos ni los castigos para imponerse, ni tampoco dar cien mil explicaciones de por qué han de hacerlo, tan solo deben entender que “ser responsable” con sus tareas, significa que han de cumplir con lo que les toca, y han de hacerlo “solos”.

Si bien ahí estaremos para echar una mano ante alguna duda, para comprobar la calidad del trabajo, …y para enseñarles a medir lo que es un buen trabajo o lo que es “saberse bien un tema”, (o de lo contrario creerán que con leerlo han cumplido, por la consabida ley de mínimo esfuerzo).

Por tanto, no dejes de estar pendiente hasta que hayan adquirido el hábito de trabajo por si solos, y no creas que no te necesitan o que entenderán esas charlas sobre su futuro, no olvides que nuestros hijos viven el presente, y no saben nada de futuros, trabajos, seguridad…para ellos, su vida es lo que les pasa cada día y, si tú no les ayudas, cuando se den cuenta de cuanta razón tenías, puede que sea un poco tarde.

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Hace ya muchos años que dejé el colegio y el instituto pero aún recuerdo las épocas de exámenes. Curiosamente en mi recuerdo no aparecen la figura de mi padre o madre cada día para revisar o hacer las tareas conmigo ni preguntarme la lección y os invito a que recordéis si ocurría lo mismo en vuestro caso.

Padres y profesores
Padres y profesores son los mejores para saber qué pasa

Lo que si recuerdo es que mis padres estaban pendientes de mis notas, de si aprobaba o suspendía y de las medidas a tomar si las cosas no iban bien. No fui una estudiante brillante, entendiendo por brillante como ese estudiante organizado, exigente consigo mismo y responsable; pero aprobaba, superaba cursos e iba resolviendo las cosas por mis propios medios, y con cada avance iba aprendido a ser así de responsable.

En cambio las cosas hoy van de otra manera.

En mi opinión se dan varias circunstancias que han contribuido a que sean las cosas diferentes.

En primer lugar, los padres estamos más preparados que nuestros propios padres, todos estamos académicamente más formados y todos tenemos una percepción clara de lo que pasaba cuando éramos estudiantes, tenemos una idea de cómo hacer las cosas de otra manera mejor para ser más eficaces de lo que lo fuimos como estudiantes; y además, tenemos la visión de la repercusión del estudio en el mundo laboral y vivimos con la impresiones de un futuro lleno de cambios y exigencias.

Puesto que tenemos esta visión práctica y queremos los mejor para nuestros hijos, nos planteamos explicarles lo que deben hacer, cómo hacerlo y cuándo, aunque quizá estamos olvidando lo que pensábamos cuando éramos estudiantes que, a buen seguro, será parecido a lo que piensan ellos.

La intención que tenemos los padres es muy buena, lo que sucede es que no siempre lo hacemos bien y, al igual que pasa con otras cosas, en el intento de “ayudar” a que estudien o trabajen mejor, lo que conseguimos es “alejarles” de esta ayuda ya que podemos llegar a atosigarles o hacerles creer que no saben hacerlo solos.

Es común la actitud de los padres que vigilan cada minuto de las tardes en casa, cuándo empiezan a trabajar y cómo hacen las tareas exactamente.

Hay que diferenciar dos momentos ya que el comportamiento de unos y otros cambia.

Por una parte, cuando nuestros hijos están en primaria la tarea que tienen para casa es menor, (aunque el capítulo de “tareas para casa” merece un post aparte porque el tema da mucho de qué hablar). Las dosis de exigencia y de materia son “asequibles”, los parciales son frecuentes y el trabajo está dosificado, de manera que los padres tenemos la percepción de control y de que las cosas se están haciendo bien,  además los chicos en general aprueban.

Pero al llegar la secundaria, las cosas se complican. El nivel de exigencia del instituto es bastante mayor y la implicación de los padres en las visitas a profesores y al instituto desciende. La consecuencia directa es que la vigilancia en casa “se recrudece”.

Es en el periodo del instituto, especialmente en primero y segundo, cuando se producen más suspensos, cuando el entorno cambia completamente para los alumnos, y cuando los padres experimentan más la sensación de no tener el control.

A este momento especial de cambios a nivel de exigencias, se suman los cambios que están sucediendo en nuestros propios hijos. De entrada creen ser más mayores de lo que en realidad son. La adolescencia hace acto de presencia sin tapujos y todo ello contribuye a aumentar el desconcierto general.

Digamos que el instituto abre una nueva etapa llana de percepciones de peligros al acecho para unos y otros.

A éste momento singular hay que añadir los cambios legislativos en educación, que suele aportar inestabilidad e incertidumbre a todos y la labor de algunos profesores, que ya hablaremos con más detalle en otros post, pero que por hacer un resumen muy rápido, parecen más deseosos de que sus alumnos aprendan “por ciencia infusa”, como se decía en mis tiempos, que de ayudarles a que esto suceda en su materia.

Lo cierto es que la labor de los padres sí que es muy importante, quizá más cuanto mayor es el deseo de nuestros hijos de apartarnos de su lado. En el periodo adolescentes sobre todo, cuando nuestros hijos nos dicen “déjame, yo quiero hacerlo solo/a”, es cuando más nos necesitan.

Pero, ¿cómo hacerlo?, ¿cómo lograr ayudarles sin agobiarles, cómo transmitirles todo aquello que hemos aprendido de lo que no deben hacer, o cómo mejorar su técnica sin apartarlos de nuestro lado?.

Ésta es una de las grandes cuestiones a las que nos enfrentamos los padres con hijos estudiantes.

Algunos padres optan por el castigo cuando las cosas no van bien. Otros por los premios, para incentivar que las cosas vayan mejor. Otros por los gritos y las broncas; otros por las charlas infinitas, otros por los profesores particulares y las clases de todo…

Seguramente la respuesta está en la mezcla de todo pero en su justa medida.

En estar presente pero sin que se note demasiado. En vigilar de cerca sin que perciban el aliento en su propia nuca. En tener “juego de cintura” para adaptar cada medida a cada circunstancia y a cada hijo/a, pues cada uno reaccionará mejor a una medida que a otra. A estar muy pendiente de lo que dicen sus profesores, pues dan una óptica que los padres no manejamos y a pertrecharnos de paciencia y “ojo clínico”, para no actuar en caliente y para conocer bien a qué situación nos enfrentamos.

Antes de tomar medidas es conveniente que tengas en cuenta algunos aspectos

1.- Para saber qué hacer, conviene tener claro qué quieres lograr.

La forma de actuar varía según sea el objetivo. No es lo mismo que la necesidad sea que apruebe, a que se adapte al entorno; no harás las mismas cosas si deseas que se organice en el trabajo, a que sea brillante y se enfoque al sobresaliente. Es probable que lo que estás buscando sea una mezcla de varios objetivos, pero haz el esfuerzo de centrar qué cosas son esas y que prioridad e importancia tienen para ti para tratar de abordarlas de una en una.

2.- Pregúntate sobre  lo que estás haciendo y si está funcionando en alguna medida.

En ocasiones lo que hacemos no es eficaz, pero no quiere decir que todo lo que hacemos no esté funcionando, a veces lo que hay que hacer es simplemente ajustar la medida.

Es decir, valora si tienes un sistema claro de consecuencias y si se aplican claramente a los acontecimientos. Comprueba que tienes unas pocas cosas deseadas muy claras y una serie de consecuencias asociadas también muy claras y preocúpate de transmitirlo con claridad y de manera taxativa.

¿Y por qué esta medida? Porque todo lo que se conoce de antemano con total claridad contribuye a la estabilidad y la seguridad.

Se trata de tener muy claras las reglas del juego y cuando hay mucha confusión, para evitar que nos perdamos, es muy bueno tener algunas pocas líneas muy bien marcadas pues son las que indican el camino para no perdernos.

3.-  Imagina por un momento que eres tu hijo/a.

Ponte en su situación actual. Imagina que tú, padre o madre, escuchas las cosas que le dices desde la óptica de tu propio hijo o hija. Métete en sus zapatos y observa lo que ve, cómo se siente cuando escucha las cosas que le dices, lo que le pides que haga, cómo se lo pides,  lo que le dicen sus profesores, lo que observa en su entorno de compañeros, … y pregúntate qué es lo que tienes que decirle.

Trabajar con la empatía en estas situaciones suele darnos una óptica bastante acertada de cómo caerán las palabras, ya que muchas veces no se trata de cambiar las cosas, sino del modo de hablar, de dirigirnos a los hijos y de cómo pedirles las cosas.

Hazte una pregunta, ¿quieres que apruebe o mejora sus resultados, o quieres que haga las cosas como tú quieres que las haga?. A veces el agobio de los padres viene determinado porque los hijos no hacen exactamente todo lo que ellos creen que debe hacerse.

Por resumir éste inmenso tema, aún a riesgo de dejar muchas cosas en el tintero.

Si nuestros hijos están perdidos como estudiantes, gritarles, exigirles o vigilar cada segundo de su trabajo en casa, seguramente no sea lo más eficaz. Si ésta estrategia es la que llevas a cabo y no está funcionando, es hora de cambiarla.
Ante una situación de incertidumbre, conviene pararse a pensar y establecer algunos puntos claros de actuación, actuar con firmeza, que no es lo mismo que con rigidez. Y estar pendientes de la evolución cada instante pero mejor un poco menos visibles.

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